jueves, 11 de mayo de 2017

Estimado Diario, (12 de noviembre de 1987)

Espero que Dios lea esto.
Me vendría bien un poco de ayuda.
Mi vida llega definitivamente a su fin, se acabó el creer en mí misma... se acabó la confianza... ¡ya no queda nada! Leo y Bobby fueron a buscarme a los establos porque apenas podía andar. Bobby dijo que había llamado a mi casa para avisar en casa que iba a llevarme a cenar y que era una sorpresa... así que volveríamos tarde. 


Fue un detalle muy considerado de su parte, debo reconocerlo. Pero les dije a Leo y a Bobby desde el asiento trasero de la camioneta, mientras me cambiaba de ropa (una vez más gracias a Bobby por pedirle algo prestado a Donna, quien le ha dicho a Bobby que está preocupada por mí). Admito que me sorprendí, no es que  de la lealtad o de la amistad de Donna, pero ahora creo demasiado en BOB. Les dije a ambos que estaba preocupada. Que tenía buenos motivos para llegar adonde fuera y no moverme de ahí en toda la noche. Les dije que estaba lo bastante preocupada como para volvernos atrás y olvidarnos de la coca hasta el día siguiente, si todos estábamos de acuerdo. Bobby se rió de mí, y Leo me dio unas palmaditas en la mano como si fuese algo lindo, algo que repetía el mismo mensaje una y otra vez. Tirando de una cuerda atada a mi espalda, innecesario. "No creo que esto sea muy seguro."


Dejamos atrás Mill Town y nos internamos en Low Town. Jamás había visto una noche tan oscura. En el cielo no había luna. Esto llegó incluso a preocupar a Leo que, estoy segura, me cuidará mucho, hasta que me vaya. Lo único que necesito ahora es o bien alguna sustancia o el dinero con que comprarla. Mi amiguita blanca. Otra mentira, pero al menos a ésta la he a la cara y le he dicho que me la creería de todos modos. 


La felicidad pasajera es mejor que permitir muy despacio que mis amigos, mi familia, mis amantes, vean lo espantosamente cerca que me encuentro de la autodestrucción. No te me acerques demasiado, ya no hay seguridad en las estadísticas. Te lo juro. 



Fuimos en coche a una pequeña carretera sin  ningún tipo de señalización, pero asumí que era el camino correcto, ya que era el único en kilómetros a la redonda. 

Bobby se quedó ahí sentado antes de conducir la camioneta hasta la casa. Leo lo animó a que se pusiera al volante, «Anda, Bobby, conduce». Yo también intenté llamarle la atención, pero la verdad es que estaba en otro mundo. Su cara parecía salida de "The twilight zone". 
En cuanto Bobby salió de sus pensamientos, aceleró a toda velocidad por aquel camino; allá adelante nos esperaba oscuridad completa, que en algún sitio, escondía una casa. Una casa que ojalá estuviera llena hasta los topes de cocaína, y donde habría unos tragos que me harían sonreír... Mostrar los dientes, pensé para mí. 


Leo me miró como si por un momento le pareciera mal que estuviésemos ahí, en aquellas condiciones, sin conocer a nadie, y cargados de unos miles de dólares. Yo me acurruqué en el asiento y me callé; de repente me di cuenta de lo ridícula que había sido al cambiarme de ropa... sólo puedes buscarte problemas si vas a ir de Low Town en medio de esta oscuridad... de la cual aún no han informado ni las noticias ni las emisoras de radio. Ni siquiera están diciendo que se haya producido un apagón. 



Pregunté: «¿Cuánto tardaría la policía en llegar aquí si la llamaran?». Bobby se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la pistola de su padre. El arma despidió un ligero destello y entonces le dije que tenía que haberse vuelto completamente loco para haber ido hasta allí armado. En ese momento me di cuenta que lo que tenía no era dolor de estómago, sino un instinto visceral de dar media vuelta y salir de ahí a toda prisa sin parar hasta llegar a casa antes de que nos jodieran vivos. La camioneta no dio media vuelta, ni aminoró. En el camino no había señales de vida, ni casas, ni una puta alma... bueno, quizá una o dos... una razón más para salir por piernas mientras tuviésemos ocasión de hacerlo juntos. 



Sin previo aviso, Bobby frenó de golpe. La camioneta dio dos vueltas  de campana y levantó una polvareda que empezó a brillar bajo la luz de los faros. Al final, nos detuvimos. Estabamos como «Me pareció ver a alguien...», dijo Bobby. «No quería atropellarlo.» Nos bajamos y anduvimos despacio en la oscuridad. 



De repente alguien me agarró por atrás y empezó a estrangularme. Recuerdo que pensé, "no me puedo creer que vaya a morir así... en Low Town, durante un apagón del que nadie se hará cargo mientras que intento comprar drogas, cocaína para ser más exacta, ¡y ninguno de los dos hombres corpulentos y fuertes que tengo por compañeros se está dando cuenta de que me están estrangulando! Creí que era el fin... Habría comprado la maldita granja aquí. En efectivo. un único pago. 



El agarre se aflojó, se me nubló la vista y me desmayé. Me desperté en casa del traficante de drogas con un dolor de cabeza que creí que era un aneurisma. Bobby y Leo entraron en el cuarto; Bobby se sentó obedientemente a mi lado, y se mostró preocupado por mi cabeza, y su preocupación me recordó cómo había ocurrido todo. Entonces pregunté (con una buena dosis de sarcasmo): 

     «¿De quién carajo fue la brillante idea de estrangularme hasta que me desmayé?». 
Nadie me contestó. 
    «Entonces, ¿es así como los tíos se ligan a las chicas en Low Town?» 
Silencio. 
    «Vaya estilo.»
 El más gordo de los cuatro tipos de ahí sacó una pistola y me apuntó. Yo le miré como si se estuviera pasando de la raya... Oí perfectamente claro el «cierra la boca» o el «vete a tomar por culo».. El tío amartilló la jodida cosa y me la acercó a la cara. 
«Lo siento, querida... No puedocreerme que nadie que lleve ese vestido ese vestido sea una chica.» Me miró, lamió el revólver y dijo: «Lindas tetas». 
«Ya lo sé.» No es que su explicación de por qué había querido estrangularme tuviera sentido alguno, pero acepté su disculpa, y la verdad es que preferí eso a que me metieran un tiro en la cabeza. Le tendí la mano y le di las gracias por no haberme matado de un tiro. Me habría jodido la noche. Hubo un silencio. No me estrechó la mano. 
Despacio, y con gran placer, empezó a tocer la comisura de los labios más, y más, y acabó la actuación con una sonrisa de «ojalá te mueras», que no había visto nunca antes en toda mi vida. Supe que el trato era falso. 
Me encontraba alerta y estaba al día de lo que era la etiqueta del silencio por las por  las cuatro pistolas que encontraron partes bastante importantes de mi cara sobre las que posar sus barriles.
Metal frío. Un frío en la nuca. Estaba aterrada. Dirás que soy una loca, pero las armas me hacen hiperventilar y me provocan un deseo incontenible de respirar, lo antes posible, grandes dosis de aire puro. 


Les dije que me iba a la camioneta. Seguía pensando que las pistolas se dispararían y las balas vendrían hacia mí en línea recta. Tenía que respirar aire puro, cosa que se me hacía más difícil por la forma en que me habían retorcido el cuello. Además, le tengo miedo a las balas y te apostaría mucho dinero a que duelen mucho cuando se te meten en la carne a gran velocidad. 



De repente me di cuenta de que había algunas personas vestidas con atuendo militar, apostadas como pesadillas inmóviles por toda la casa. Uno de los soldados se acercó a la ventana y me encontró toda acurrucada porque hacía frío y tenía miedo. 

Con luna de las caras máss serias del mundo, me preguntó: «¿Alguna vez ha pensado en morir?». 
«En una situación como ésta, no. No, señor.» 


Me miró como si yo acabara de adelantarle unos días su el ascenso antes de lo previsto y me dijo: «Por favor, señorita, tendrá que bajarse de la camioneta». 

«¿Es que va a matarme o qué?» 
«Han robado de la casa bastante cocaína. Pensé que te gustaría que comprobara que la camioneta está vacía, así podremos seguir con la rutina... son las normas.» 
Me bajé; creí que los huesos se me iban a romper en pedacitos del miedo que tenía. 
«¿Todo en orden?» 
«Al final de la escopeta, sí.» No podía moverme. 
«Tu final no va a ser ninguna fiesta, ¿verdad?» 
«No. Más bien un velatorio... una fiesta a la que no me gustaría asistir, señor.» 
«Puedes volver a subir, tranquilízate.» «¿Qué está pasando en la casa?» 
El tipo se encogió de hombros y me contestó: «Supongo que los muchachos están discutiendo si van a pegarse un tiro o van a volver de vuelta por donde han venido.» 
«Ah. Ahora me siento mucho más tranquila. Gracias.» 


Me pasé sentada en la jodida camioneta casi cuarenta minutos esperando saber si Bobby Leo volverían a casa en forma sólida o líquida. Por fin, salieron por la puerta principal riéndose y dándoles palmadas en la espalda a esos matones como si se conocieran desde hace mucho tiempo. Y pensé, ¿no te fastidia? Yo aquí, a punto de que me disparen a quemarropa por robar un kilo de cocaína (que me había metido cuidadosamente debajo del vestido, que todavía se veía bien ceñido, logrando así demostrar mi inocencia), y me lo agradecen volviendo a la camioneta a paso de tortuga. 

Y de paso, me trago el más vulgar ejemplo de testosterosa que haya visto nunca. 
Y entonces, Bobby me lanzó una mirada de terror que decía: «¡Cuidado!». Las armas empezaron a dispararse como si la Asociación Nacional del Rifle hubiera aceptado socios ciegos. La gente simplemente se estaba disparando los unos a los otros ... se habían vuelto todos paranoicos; iban tan ciegos de coca que si les hubiera dado alguna bala, se habrían enterado al día siguiente. 


Me escurrí hasta el volante volante, y me acerqué al sitio donde estaba escondido Leo; lo encontré desarmado y rezando como una loca. Nos fuimos a toda pastilla camino abajo en dirección a la ciudad. 



Entonces me tocó a mí lanzar la mirada de «joder, mierda». Cuando nos habíamos alejado un trecho, miré por el retrovisor y vi que en la parte trasera de la camioneta había alguien más aparte de Leo, y Leo sangraba de mala manera. 



Bobby sacó lapistola y con la mano libre, se ayudó a salir por la ventanilla y le dijo al tío que tenía dos segundos para esfumarse o moriría. Tuvo que decidirse deprisa... El tipo se incorporó y Bobby le disparó en el pecho a una distancia de poco más de un metro. El impacto de la bala hizo que el tío saliera despedido de la camioneta y cayera al suelo. Bobby me gritó: «Salgamos de aquí. ¡Acelera!».  En cuanto volvimos al camino asfaltado, Bobby entró en la cabina, con el arma lista como si fuera a disparar en cualquier momento.


Bobby no dijo palabra en todo el camino de regreso. Leo se quedó en la parte trasera y le dio las gracias a Dios por el milagro de la oración. Me pregunté si habría mucha sangre en la parte de atrás, y si el hombre habría muerto... 

Al llegar a la casa de Leo, entré y le pregunté si estábamos solos. Me dijo que sí, entonces me saqué el kilo de cocaína de debajo de la falda; estaba en perfectas condiciones. Un buen trabajo, pensé, para una aficionada como yo. Le pedí disculpas a Bobby porque el tipo se había escondido en la camioneta por culpa mía.

Aunque me había registrado, y el tipo dijo que yo no llevaba nada. Creí que se habían dado por vencidos al ver que todos se estaban abrazando al salir de la casa


«Nos estaban contando con todo lujo de detalles —me explicó Leo—, cómo nos descubrieron y descubierto y cómo nos arrancarían los genitales a trocitos con un cuchillo, si el pibón que iba con nosotros estaba sentado encima de un kilo de coca que les pertenecía. Nos dijeron que pasaríamos de largo por todos los hospitales y nos iríamos directos al infierno.» 

Me senté y me puse a reflexionar por un momento en la palabra «pibón». «Ey muchachos», les dije. «Lo siento mucho. No lo habría hecho si ubieraa sabido que ibais a reaccionar así.» 
Silencio. 
«Fui yo quien os sugirió que no fuésemos, ¿os acordáis?» 
Los dos me sonrieron. Leo inclinó la cabeza en dirección al kilo de coca y me dijo: «Vaya fiestecita te vas a montar con esa bolsa». 
Bobby se dio la vuelta y me miró con repentino orgullo. «Somos igualitos a Bonnie y Clyde.»

Aquel drama terminó, pero todavía faltaba otro. Por supuesto, decidimos empezar a esnifar en cantidades jamás aceptadas por cuerpo alguno. Si habíamos escapado de las balas, la montaña de cocaína no tardaría en caérsenos encima. 

Estábamos super colocados. Yo necesitaba salir. Quería comprar algunas cosas en el super. A ninguno de los dos se les habría ocurrido levantarse del sofá. Estaban enganchados viendo la tele, y mucho más con el entusiasmo machista que les provocaba el estar sentados ante una montaña de coca, con tres pajitas que salían por un agujero en la parte superior de la bolsa. 

Los dos me miraron con ojos de no haber roto un plato nunca, y coon sus pupilas dilatadas, me preguntaron "No te importa si simplemente nos quedamos?". Yo estaba un poco enfadada por que Bobby no se ofreció a acompañar a su propia novia, la que había arriesgado la vida, por poco que valiera en ese momento, para asegurarle el colocón que llevaba encima. 

Pensé "que se jodan!" y decidí que sería capaz de recorrer en coche dos manzanas hasta llegar a la tienda, sin que me dieran sudores ni que me diera un ataque de nervios.

Me marché, y al pasar delante de las dos únicas casas que había en el camino, me di cuenta que había en el suelo de la camioneta una revista en la que antes no me había fijado. Fleshworld Magazine 

La cabeza empezó a darme vueltas a mil por hora, una revista que a lo mejor podía decirme algo en lo que a lo mejor ni yo misma había pensado y... ¡BAM! 

Paré en la cuneta, y antes de bajarme de la camioneta para ver qué había atropellado, vi como había sido hace cuatro años. Una niña, a la que el ruido había despertado, que salió corriendo por la puerta principal y se detuvo al ver al animal tendido en el camino. Lo miró y se acercó a él, aunque aún se encontraba a varios metros de distancia, como si quisiera anular aquella realidad. 

Me volví y vi a Júpiter. Un gato idéntico al que yo consideraba mi mejor amigo antes de que una drogata como yo apareciera y sin pensárselo siquiera, se preocupara más por las historias de una revista como en las que podría aparecer que en lo que podría cruzarse en el camino. 

No pude más que echarme a llorar. Y después no pude parar. Yo era la misma persona que hace unos años estaba en la misma situación, por quitarme a mi gato cuando más necesitaba de su compañía. Le dije a la niñita que haría lo que a ella le pareciera mejor. Que si quería otro gato, se lo compraría otro encantada... 
Sentí una vergüenza tremenda, apenas pude moverme.
«Por favor, no llores más.» 
Por el amor de Dios, si hasta tenía mi misma voz. 
«¿Por qué estás tan triste? No quería hacerte sentir tan mal.» 
La miré y vi algo que echaba mucho de menos. Tenían muchas granas de perdonar. Esta chica podría amar a todos los Estados Unidos y no dejar a nadie con la sensación de estar solo. 
«Cuando tenía más o menos tu edad, tuve un gato que se parecía mucho al tuyo. Lo llamé Júpiter, y era el mejor amigo que tenía. Alguien lo atropelló, y oí el ruido y salí corriendo para ayudarlo. Recuerdo que me sentí muy asombrada por la rapidez... la rapidez con que la muerte decide que tiene hambre 
Hubo un momento en que sólo se oyó soplar al viento. No dijimos nada. 
Entonces ella me miró y me preguntó: «¿Perdonaste a la persona que atropello a tu gato?» 
Me puse a su lado, en cuclillas, y le conté que Jupiter había muerto por una persona que le había atropellado  y había huído. «Me imaginé que Júpiter se había ido al cielo, pero lo echaba mucho de menos... y perdoné su muerte, pero no creo poder olvidarme de que alguien atropello a mi gato, y no se detuvo para pedirme perdón.» 
La niña me tendió la mano, y su camisón de franela me hizo sonreír. «Me llamo Danielle», me dijo y me estrechó la mano con fuerza. 
«Yo me llamo Laura Palmer.» Le abracé y ella me envolvió con sus brazos cálidos. «Es una alegría conocerte, Danielle.» Me puse en pie. «Hay que ser realmente especial para perdonar con tanta facilidad.» 

Me sujetó la mano con fuerza durante un momento, y después de pensar algo con mucho cuidado me miró y me dijo: «Cuando oí el ruido, me preocupó que hubiesen lastimado a mi gato... Pero después salí y vi que  estabas llorando más que yo, porque te acordaste de tu gato y te dio mucha pena haber atropellado al mío. ¿Por qué iba a querer hacerte sentir mal por algo que has hecho? Creo que eres buena, Laura Palmer.» 

«Danielle, creo que tú sí que eres super buena, y muy dulce.» Aparté la mirada hacia el gato y después volví a mirarla a ella. 
«Mi mamá se encargará de recogerlo.»

La pequeña Danielle me hizo sentir, más que nadie con quien hubiese estado en años, que las cosas todavía podían salir bien. Incluso empecé a pensar que sería bonito tener otro gato... 
Acabo de recordar que solté a mi caballo. Espero que no haya ido a parar a algún lugar donde lo hayan podido atropellar, o donde no lo hayan cuidado como deberían. Supongo que debí haber pensado en esto antes de dejarme embargar por la tragedia de soltar a mi caballo, para que hiciera lo que quisiese... solo. 
Wow, esta semana no me estoy portando bien, ¿eh? 

Qué cosas me han pasado... es como si fueran presagios. ¿Por qué?
Acaso tengo que volver a la vida normal, y conseguir un trabajo? O es que sigo precipitándome hacia la muerte? Lo único que sé es que voy a devolver la camioneta ahora mismo, y a devolver las drogas y volveré a casa caminando para despejarme. A lo mejor mamá me hará chocolate caliente, y en una de ésas, podré repasar los acontecimientos de la noche y simplemente estar con mi madre. 

Devolveré la camioneta y me iré derechita a casa. Iré andando. Quiero irme a casa. 
Te escribiré en cuanto llegue. 
    
L

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