lunes, 15 de mayo de 2017

Estimado Diario, (4 de agosto de 1986, 3:30 A.M).

Se me ocurre ahora que he decidido seguirle el juego. Después de repetírmelo durante años, parece que al final siento una necesidad, fuerte de reunirme con él con el sólo propósito de luchar. Unirme a la oscuridad, y quizá aferrarme al poquito de luz que me queda dentro, y utilizarla como la fuerza que siempre debió ser. 
Ah, la imparcialidad de la vida. Ese momento especial en que una mano se alza, ya sea visible o sonora, gritando, ¡BASTA, se está muriendo! Esta niña se está muriendo sin un dispositivo de seguridad con el que todo el mundo parece luchar, como si fuera un incordio. 
Busqué con cuidado y encontré dentro de mí un espacio que dice que es casi demasiado tarde, que los míos no son los ojos de una chica de quince años, sino los de alguien que ha temido siempre mirar a su alrededor y cuestionarse las cosas más simples. 
Así pues,  mi mente no es la de una chica joven que se imagina la vida como una serie cálidos edulcorantes, mientras pasa la racha de frío.
Me advierte que la mente en la cual vivo pertenece a alguien que sabe demasiado de la vida y que sabe que acaba, con frecuencia, sin previo aviso. Sabe cómo nos reparten golpes, nos incitan a soñar cuando en realidad no sirve para nada. Logra pasar por alto que en este planeta existe un plan urdido para mí. Esta mente lo sabe. 
La realidad es que no se eligen los hechos del día, o incluso un momento antes d abrir los ojos para ver la luz por primera vez, alguien inmensamente malvado te ha elegido a ti. Hace girar una especie de ruleta y ríe entre dientes al comprobar el poder de un simple juego de selección. 

Laura 

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