No puedo dormirme porque he de ver a BOB cuando entre por mi ventana. Tengo que estar
preparada.
He pensado mucho en mi vida. Envejezco sin mi propia autorización. Creo que cuando venga a
llevarme, me iré de casa y luego volveré herida aunque satisfecha por la muerte brutal de un
enemigo, o no regresaré nunca. Y con mi muerte, estaré admitiendo en silencio que no conocía la
fuerza ni la férrea voluntad de mi visitante.
Por el momento estoy medio atontada, medio inmadura. Una chica que cada mañana logra
seguir levantándose y salir del lugar que, últimamente, deben recordarme que se llama hogar.
Como si no hubiese nada más visible que el rastro de sangre que voy dejando sobre la marcha.
No tengo ninguna duda de que BOB conoce todos mis movimientos. Que este horror que se
hace llamar a sí mismo hombre, se sienta erguido cuando el sol brilla o quizá cuando empieza a acurrucarse. Da
igual. Me observa con ojos que se clavan por dentro, ve cada asomo de duda, presiente cada palpitación de mi corazón cuando pasa un chico, cada abrazo de una madre que ignora lo lejana que está del dormitorio de su hija.
Intento memorizar cada día el rostro que me mira desde el espejo. Me aferro con fuerza a él.
Imagino que estaré en un vuelo cuando lo comparo con mis restos, con los restos que siempre sueño
que pronto encontrarán.
Siento tanta rabia y tanta urgencia por cargar al cielo, por llamar mentiroso al viento por no mostrarse nunca. Una urgencia por gritarles a los dos que me trajeron a este mundo. Gritos de auxilio a cualquiera que quiera oírlos. Urgencia por gritarle a la calle entera que no existen milagros de la Madre Naturaleza. Que su divinidad es una mentira.
He sido derrotada, una y otra vez, en un bosque de árboles. Ahí se produce una cirugía de una
naturaleza extraña e indescriptible. Se derrama sangre. Esta Madre Naturaleza no ha acabado con
este mal, ni ha abierto el bosque para permitir que escape un grito. En cambio, acuna a este
hombre y le oculta y le protege de las miradas, a salvo de la luz del día. Sabe que el planeta no le traicionará. Esta luz vendrá y se quedará, y se marchará sólo para volver puntualmente. Él tiene
una promesa. El hábito del universo, exige una pausa pactada de doce
horas entre sus dos extremos.
Su hora es la noche, la hora en la cual el rescate es menos probable, la hora en la que los que tienen esperanzas puras y sueños recuerdos están profundamente dormidos. amente dormidos.
Sus ojos se mueven
rápidamente debajo de sus párpados. Sin ver nada.
Nunca se produce un solo ruido que pueda despertar siquiera a quienes duermen en el
cuarto contiguo. El mundo jamás se inclina aunque sea un poco en mi favor, emite un voto, y hace que un ojo
se abra... Que vea al hombre... que vea la forma en que sus ojos se detienen sobre la imagen de mi
rostro crispado en un grito. No hay nada que explique POR QUÉ me ha elegido a mí, ni siquiera si
tiene un plan definitivo.
Sólo me queda esperar. Y mantener abiertos mis ojos cansados con la energía del reto. Una
lucha por ver quién es la oscuridad. Quién, cuando te sientas forzado a ver el lado oscuro, podrá sobrevivir?
Me siento a esperar a que llegue; me mantiene despierta la idea de que me acostumbraré a la
oscuridad con más facilidad que a la luz.
Laura
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