Hace siglos que no te escribo porque he intentado con todas mis fuerzas ser feliz y buena y estar alrededor de la gente todo el rato para no quedarme sola y pensar en cosas malas. Pero hoy tengo que escribirte para contarte las novedades.
Me ha venido la regla. No es en absoluto lo que pensé que sería. La escuela comienza la próxima semana y ahora esto. Me estaba levantando de la cama esta mañana y vi la sangre. Llamé a mamá, y ella, claro está, montó un cirio. Llamó a papá cuando le dije que no se lo dijera a nadie. Y ahora, lo más seguro, es que todo el Gran Norte lo sepa. Yo lo único que quería eran unas malditas compresas o algo así, y ella va y tiene que montar ese lío porque ahora ya soy mujer y demás. Bueno. Vale. Así que es algo especial. Pero esto no hace más que empeorar las cosas si no tengo cuidado. Ahora estoy en cama con calambres.
Mamá ha traído la tele a mi cuarto, todo un detalle, y ahora tengo una bolsa de agua caliente en la tripa y una tonelada de aspirinas en mi mesita de noche. La tele no me interesa mucho, así que vuelvo de nuevo a mis pensamientos extraños sobre la vida y sobre... otras cosas. Supongo que lo que sale de mí debería haber sido la fuente de vida de algún nuevo ser. Me alegro de que no haya nadie dentro de mí ahora mismo. Por lo menos, no un niño.
A veces, creo que llevo a alguien dentro de mí, pero se trata de de la otra parte de mí, mi parte más extraña. Algunas veces la veo en el espejo. No sé si alguna vez querré tener hijos. Algo le sucede a los padres, y la gente que se convierte en padres se transforman.
Creo que se olvidan de que alguna vez fueron niños y de que hacen cosas que a veces puedan avergonzar a sus propios hijos, pero han decidido olvidarse, o decido ignorarlo.
Demasiadas cosas malas ocurren a altas horas de la mañana, así que probablemente es que no fuera una buena madre. En el fondo, me pone triste.
Me alegro de una cosa. Júpiter está a mi lado en la cama, y ronronea suavemente. Como tú, nunca me criticaría.
Laura
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